Hace unos meses, cogí la bola del mundo y la hice girar, hasta marcar un punto en el mapa: Toronto. Hacia allí me iría tres semanas. Me llevé una maleta no muy llena, para traerla cargada. Me fui como el que se va a la esquina de la calle a por pan. Tranquila, ilusionada y con dos objetivos – bueno tres no dejemos al inglés de lado - : conocer gente, y que esa experiencia fuese inolvidable. Os adelanto – mientras bostezo. Es demasiado temprano y ya llevo un par de horas en pié, buceando entre letras y escritos- que los objetivos se cumplieron.
Debo de reconocer, que al principio, Toronto, no me encantó; quizás porque le faltaba algo que para mí suelen tener todas las ciudades: una marca – entiéndase marca como aquello único que diferencia algo de lo demás – que no acababa de encontrar. Pronto, esto todo cambió – los que me conocéis ya sabéis que persigo las cosas, y no me rindo hasta que lo consigo. Así que, cuál Inspector Gadget se tratase, me puse a indagar en lo particular de aquella ciudad - . En medio de mi búsqueda, os encontré a

todos vosotros: a los torontinos, a Toronto Forever, a los Rec2, a los Wey, a los de la Canadian Beer, en definitiva A los Toronto 2009, a ritmo de “Hallo”, de Beyoncé o “I gotta feeling” de Black eyed Peace. Ona, Lirios, Merche, Iñigo, Gonzaga, Felipe – o Coffee Man, como prefieras - , Álvaro (con su cartier), Miriam, Rhianna, Juanjo y Edgar… Todos nos agrupamos, en torno a un hotel, El Primrose, pero sobre todo un número, una habitación, la 607: punto de encuentro, de reuniones, de botellón, de cigarros bajo un extractor, escenario de una película, de risas muchas risas y sobre todo de fiesta. Poco a poco fuimos formando ese grupo de Toronto 2009, al que se nos fue acercando más gente, puesto que la puerta de la 607 – habitación de Iñigo y Gonzaga – siempre estaba abierta.

Nueva York, fue el clímax de nuestro viaje.Un sueño hecho realidad. Carlota me comentaba el otro día: “qué cara de felicidad que tienes en la fotos de NY”. Claro que sí, derrochábamos felicidad paseando por Manhattan, todo parecía de película, y nosotras – Mer, Lirios y yo – éramos las protagonistas. Todo era demasiado surrealista, pero por una vez era real.
La última semana, con vuestro permiso chic@s, la voy a definir como la de despedidas, la del bajón. Primero nos dejó el Coffee Man – aún recuerdo las lágrimas de Gonzaga en el ascensor, porque se iba su gran amigo Felipe. También me los imagino a los dos jugando su último partido de padel en el aeropuerto - . Luego Iñigo. De su despedida me quedo con el momento en el que le firmamos la bandera de Canadá – yo para destacar del revés. En realidad no me di cuenta deque estaba la bandera del revés, que le vamos a hacer -, o del bocadillo en el
Subway – aún recuerdo su sabor, en esta mañana se otoño, aunque parezca verano -. Y finalmente nos fuimos nosotr@s – Mer, Gonzaga y Ona – mientras Lirios, Rhiana y Miriam, emprendían su viaje hacia el Canadá profundo; Quebec, Montreal y Ottawa.
Todavía recuerdo, las lágrimas que se derramaron por mi cara el último día, cuando me despedí de mi familia canadiense – ya me había acostumbrado hasta al perro: lo sacaba de paseo y todo. Pobre, recuerdo la cara de pena cuando se despidió de mí. Sabía que me iba -. Para Kelly – mi madre canadiense – fui la primera chica extranjera que acogía en su casa – “
my spanish party girl”, me decía-. Para mí, fue como una segunda madre en el tiempo que estuve allí. Aquella mujer que por nada del mundo, me quería ver aburrida ni de bajón – Mer, ¿te acuerdas del día que jugó a la Play Station con nosotras?, ¡qué risas! - . Me subí a aquel taxi, que me llevaba al aeropuerto, conteniendo las lágrimas, hasta que ya me di cuenta que era cierto; dejaba Toronto y rompí a llorar. Una serie de recuerdos, vinieron a mi mente, tantas imágenes, momentos inolvidables. Después de dos horas de espera, cogimos el avión que nos traería de vuelta a casa. Caí rendida en un sueño profundo, y cuando me desperté, ya había cruzado el charco y estábamos a una hora de aterrizar en Madrid, Barajas. No quería bajarme de ese avión, no quería aparcar la historia de Toronto 2009 en el baúl de los recuerdos. Pero no había más remedio. Mi padre me estaba esperando - emocionado por volver a verme -, se fundió en un abrazo intenso conmigo. Entretanto, perdí a Gonzaga de vista. Me despedí de la pequeña Ona, y de mi querida Mer. Con un “hasta siempre”. Habíamos prometido que Madrid sería el punto de encuentro.
La maleta que se había ido vacía volvió llena – no penséis mal, sí, bueno hice compras pero tampoco arrasé con Nueva York – de amigos, historias y más historias que contar. Lo particular de aquella ciudad lo encontré: la multiculturalidad. Y lo más importante de esta experiencia: vosotros, sin vosotros no habría historia que contar ni escribir.
El reencuentro en MadridDos meses más tarde – principios de octubre - , un correo de la rubia más cañera, Lirios, me da una grata sorpresa, se venía a Madrid. A partir de ahí, llegaron una serie de e-mails en cadena para prepararlo todo. A la primera que vi fue a Mer, aunque previamente en Galicia había visto a Gonzaga. Mer y yo nos vimos el mismo día que llegaba Lirios en Bilbao. Móvil en mano, apareció ella con su melena larga al viento. Nos dimos un pedazo abrazo, estábamos juntas de nuevo en Madrid. Lirios estaba inquieta: nos llamaba por teléfono. Debía de pensar que vaya anfitrionas que llegaban tarde a buscarla. El reencuentro entre las tres, fue un momento de emoción. La última vez, nos habíamos visto en un bar en el centro de Toronto y ahora estábamos en in the center of Madrid - risas -. Estuvimos, hasta las dos de la mañana recordando anécdotas. Al siguiente día, quedamos con Iñigo en Chueca, otro momento especial. Y estábamos todos, bueno casi todos faltaba Gonzaga que más tarde se reuniría con nosotras en mi casa. Tras el Escalope XL, que me costó terminar, la fiesta siguió esta vez no en la 607, sino en el salón de un número perdido del centro de Madrid. Y entonces volvimos a ser Toronto 2009. Llevábamos tres meses sin vernos, pero el tiempo parecía que se había detenido en Primrose, en aquella habitación de la sexta planta.