El viernes, de camino para casa, escuchaba la radio, Onda Cero. Algún tertuliano definía al Muro de la Vergüenza como: el mayor experimento sociológico de la historia; divide una ciudad, un país, un mundo, dos ideologías a través de un muro de hormigón, quítalo 28 años más tarde, y observa lo que ha pasado en una parte y en la otra. Bueno esta, simplemente es una de las muchas definiciones que se podrían dar. Lo importante de dicha definición, es que durante 28 años se dividieron familias, una ciudad, un país, Europa, y en definitiva dos mundos, mediante un muro de hormigón, frío, que mejor que nada reflejaba el clima en el que se vivía; la Guerra Fría.
Pocos se podían imaginar, en los días previos al 9 de Noviembre de 1989, que la URSS caería de un plumazo con la caída de aquel muro. Cómo se explica que uno de los actores principales de la escena internacional durante cincuenta años, desapareciese de la noche para la mañana. Muchos hablan de la Perestroika, de la glasnost, y en definitiva de un hombre Mijail Gorbachov, pero a mí me gusta más hablar de los ciudadanos de ese otro mundo, de la otra mitad de Europa que era la URSS. No es mi propósito, quitarle méritos a Gorbachov, que por supuesto los tiene; él, con sus medidas, fue el encargado de preparar a la Unión Soviética para el cambio. Pero no fueron los políticos los que derrumbaron ese muro, fueron los ciudadanos de uno y otro lado. Cierto es, que la crisis económica que vivía la URSS a finales de los 80, y las nuevas políticas ayudaron a una cierta apertura y a un mayor descontento por parte de la población, que pedía una mayor libertad, y un mayor reconocimiento de lo derechos que tenía cada república, sin embargo, el Estado Soviético, era un rígido Estado unitario y centralista de apariencia federal bajo la férrea disciplina del Partido comunista, que mantenía, bajo sus fronteras, un amplio número de pueblos con distintas culturas y lenguas.
Ayer en televisión, escuchaba el testimonio de un joven que el nueve de noviembre – antes del permiso que permitía atravesar las fronteras de la RDA por parte del gobierno – le preguntaba a un guardia en la frontera entre la RFA y la RDA: “¿puedo pasar?”. El guardia le contestaba que sí, pero que no podría regresar. El joven pensó “que mas da”. Esa es la clave “que más da”, muy pocos quería vivir ya en la RDA: las migraciones hacia los países vecinos eran continuas, hasta el punto de que Polonia decidió cerrar la frontera. Por ello, mientras los políticos no se decidían a dar un paso definitivo, debido a las consecuencias, la población sí, y esto hizo que se acelerase el proceso que algún día había iniciado Gorbachov con la Perestroika.
Aquel 9/11/89, un fallo del ministro de propaganda de la RDA, Günter Schabowski, en el que anunciaba ante los medios de comunicación, que todos los ciudadanos de Alemania del Este, podrían cruzar a partir de m
edia noche la frontera por cualquier punto. Así fue, como los ciudadanos de Berlín del Este, acudieron a los pasos fronterizos para pasar al otro lado del Muro. La incertidumbre reinó en los primeros instantes: los guardias no tenían orden alguna de abrir las fronteras, pero la gente que allí se agolpaba repetía las palabras del ministro. Finalmente, las puertas se abrieron y los alemanes de la parte oriental, pudieron ver por fin que escondía ese muro, pisar suelo occidental, pasar hacia el otro lado, sentir la libertad, oler el capitalismo… y todo sin derramar ni una gota de sangre. Quizás detrás de las palabras de Gorbachov, en las que afirma que “nadie habría disparado”, se encuentra esa sensación de que era inevitable que esto pasase, de que era el pueblo el que los pedía a gritos.La caída del Muro, supuso la caída de un gigante: La URSS, de un sistema; el comunismo, el fin de un mundo bipolar, dando lugar a uno multipolar, el fin de una etapa; la guerra fría. Además, supuso el nacimiento un nuevo país, un actor fuerte a nivel internacional: Alemania. Con la unificación de este país, vino también una mayor unión de Europa, porque como bien dice Helmut Kohl – ex canciller alemán-, “la unificación europea y la unidad alemana son las dos caras de la misma moneda”. Pero no todo fue bueno en este proceso, y una de las causas es quizás la rapidez con la que sucedieron los acontecimientos. Por un lado en las ex repúblicas soviéticas persisten los problemas de carácter político cultural, con continuas guerras. Rusia quiso sustituir a la Unión Soviética, como padre de todas estas repúblicas, y como pieza clave del juego internacional con las pretensiones de antaño: las armas nucleares, a través de un órgano como es La Comunidad de Estados Independientes, intenta dominar a estas repúblicas ex soviéticas y alejarlas cada vez más de occidente, pero no lo consigue. Por otra parte, la caída del sistema soviético, nos ha dejado bajo un único sistema económico: el capitalismo, para el que parece no haber alternativas, según nuestro políticos; pero el caso es que es un sistema cada vez más agresivo: nos lleva a crisis económicas mundiales cada vez en un periodo de tiempo más corto, aumentan las diferencias entre el primer y el tercer mundo, y hace que este planeta sea menos sano, importándonos bien poco a los que lo habitamos, el daño que hacemos a nuestro ecosistema.
Por último, debemos recordar que existen otras fronteras físicas en el mundo que están pendientes de derribo: la Frontera de Gaza o el Muro de Sahara. Espero que estos ojos y los vuestros, puedan ver algún día la caída de ambos y celebrar la libertad del pueblo palestino y el pueblo saharaui, así como hoy celebramos veinte años de la libertad del pueblo de la RDA.
Fuentes:
- El País.
- Suplemento “El día que cambió el mundo”, El País, domingo 8 de noviembre de 2009.
- Blanc Altemir, “La herencia soviética: La comunidad de Estados Independientes y los problemas sucesorios.
- Trabajo tipo tesis: "La Comunidad de Estados Independientes y la Unión Europea”
- Foto: Ullstein-R´hrbein

